Cultura musical para indios y salmones

CHINESE FOUNTAIN (2014), THE GROWLERS

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El último disco de The Growlers, ‘City Club’ (2016), ha sido un buen impulso para la banda, que tras ocho años sigue creciendo lenta pero inexorablemente. La participación de Julian Casablancas como productor ayuda a subir el caché a cualquiera, qué duda cabe. Sin embargo, yo he venido a hablar de su predecesor: ‘Chinese Fountain’ (2014). Después de que su casa y estudio de grabación ardiesen en un incendio, Brooks Nielsen y sus secuaces compusieron este disco que sirvió de remate para una etapa y de comienzo para otra, como ha evidenciado el viraje musical de su último álbum.

Probablemente muchos fans de los californianos se echarían las manos a la cabeza y ejercerían sobre mí su derecho a linchamiento público por decir esto, pero ‘Chinese Fountain’ es el disco que define el estilo de la banda. Es el final de un camino que siguieron durante tres discos y un EP. La forma definitiva de lo que todo su material prometía. Cuando estuvieron seguros de haber llegado, se metieron en un buen estudio e hicieron lo que no habían hecho antes: una grabación enteramente profesional.

Decía lo de los fans porque no faltaron las críticas tras abandonar la banda ese sonido lo-fi tan propio de sus anteriores álbumes (¿cuándo faltan las críticas al avanzar un grupo?). Pero la realidad es que en ‘Chinese Fountain’ no se abandonaban, pese a la profesionalización de la producción, las señas de identidad de la música growler. Guitarras juguetonas acompasándose y sincopándose, bajos saltarines pero machacones y la voz vaquera de Brooks Nielsen como joya de la corona, una de las voces más románticas del rock americano que puede recordar al malogrado Jim Morrison.

The Growlers son un grupo que vive en la carretera. Es un hecho. Y podríamos pensar que es lo que tiene la industria de hoy en día, que exige dar conciertos sin parar si uno quiere vivir de ello, pero también podría haber otra explicación, una que nos deja intuir Brooks Nielsen en Dull Boy’: “I’m a dull boy with a dead dream /
Searching for a pulse in any given scene”.
En las letras del álbum, el hastío (que les llevaría a pasarse el día en busca de estímulos, de gira) es un tema recurrente, así como las ganas de mandar el mundo a la mierda. En la canción que da nombre al álbum hay una frase muy emblemática y bastante esclarecedora: “The Internet is bigger than Jesus and John Lennon”, que en Rare Hearts’ se remata con un “Well, I don’t care about leaving / So let the world start spinning”. Sin embargo, es en ‘Going Gets Tough’ donde el carácter eminentemente autobiográfico de las canciones se hace irrebatible: “No home since the fire / Me and the ash can’t settle down”. ¿Y qué haces en una situación así? Subirte a la furgoneta y evadirte con una gira casi perpetua.

El disco es encantador, todo un clásico ya para quien escribe, y la historia tiene bastante chicha. Pero el resto, como comprenderán, tendremos que contarlo otro día. O vayan y escuchen City Club, que no está nada mal tampoco. Solo puedo adelantar que incluye una boda, un hijo y algunas salidas de miembros de la banda. Se masca la tragedia.

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