Cultura musical para indios y salmones

ROADBURN 2018: ASÍ LO VIVIMOS

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El Roadburn nació en 1999 como un mini-festival de un día. Tras un breve flirteo con Eindhoven, desde 2005 se asentó definitivamente en Tilburg y empezó a ganar en tamaño, popularidad y prestigio. Las ediciones de 2009 a 2012 fueron sold-out en 45, 30, 17 y 7 minutos respectivamente. En la actual, a pocas semanas del arranque, también colgaron el cartel de “no hay billetes”. Un festival pequeño (unas 4000 entradas), urbano (seis salas), cómodo (todo en el centro de la ciudad) y -por encima de todo- muy bien organizado. Cuatro días de música con casi un centenar de bandas representantes de las escenas metal, psicodélica, experimental y underground en un cartel muy cuidado y en el que había mucho a descubrir. Imposible abarcarlo todo y muchos artistas que nos gustan se tuvieron que quedar fuera. La hoja de ruta podría haber sido totalmente diferente y el resultado igualmente satisfactorio. En cualquier caso, esto es lo que vimos y así se lo contamos…

(clic para ir a día 2: Viernes              día 3: Sábado                 día 4: Domingo)
 

 


DIA 1: JUEVES


 

El concierto de apertura de la sala principal suele ser algo de altos vuelos. En los dos años precedentes (este era sólo nuestro tercer Roadburn) Cult of Luna y Crippled Black Phoenix dieron sendos conciertazos. Para esta ocasión la organización planteó algo nunca visto. Dos bandas finlandesas, Dark Buddha Rising y los enormes Oranssi Pazuzu (mejor concierto de la edición 2017 en mi humilde opinión) unidas bajo el nombre de Waste Of Space Orchestra, para hacer un set de una hora creado única y exclusivamente para el festival (detalles en inglés aquí). El resultado al principio fue demasiado abrumador. Entre las dos baterías, el aluvión de guitarras, las voces guturales, los teclados y los efectos espaciales, servidor andaba algo perdido.  Sin embargo, con la salida a escena del vocalista Marko Neuman, en el papel de “The Possesor”, todo cobró un sentido. Con su larga cabellera cubriéndole el rostro cual -como bien apuntaba nuestro redactor Irra Villares- “niña de The Ring”, lo cierto es que su irrupción en la tarima del 013, con una voz sobrenatural que nos puso la piel de gallina, fue igual de impactante que el momento en que la criatura sale del televisor en el film. Con un Neuman en estado de gracia y capitaneados por Juho Vanhanen, los diez nórdicos dieron una segunda parte de concierto memorable.

 

27 grados con un sol de justicia no debe ser muy habitual por Tilburg en Abril. Hacía falta un refrigerio y qué mejor acercarse hasta la barra de Het Patronaat para ver un rato a Khemmis, una banda de doom melódico que sorprendió para bien en directo, con un sonido más crudo que en sus grabaciones de estudio.

Sin tiempo que perder, de vuelta a la principal pues vienen varios imprescindibles seguidos. El primero de ellos Earthless. La fabulosa jam band de San Diego volvía al festival en el que 10 años atrás grabó su mítico Live at Roadburn. Y lo hacían como artista en residencia (tres bolos) y como patriarcas de la escena de su ciudad, trayéndose bajo el brazo a nada menos que ocho bandas en lo que ha sido un pequeño festival llamado “San Diego Takeover”. Poco nuevo se puede decir de Earthless en directo a estas alturas. Con Mike Eginton como metrónomo/timonel, Mario Rubalcaba pone la energía e Isaiah Mitchell la clase. Arrancaron con el clásico “Uluru Rock” para a continuación repasar su reciente Black Heaven (Nuclear Blast, 2018), un álbum con temas de duración mucho más reducida de lo que en ellos es habitual y con un Mitchell a la voz en varios.

 

Ganas de ver a los noruegos Årabrot, pero era necesario algo de reposo antes de afrontar el plato fuerte del día, Converge haciendo The Dusk In Us (Deathwish, 2017). A Jacob Bannon le costó encontrar su voz, una voz que es limitada pero que compensa con creces con su actitud brutal en escena. Por otra parte los de Boston siguen la mala tendencia de otras grandes bandas (los mismos Neurosis, por ejemplo) de hacer la primera parte del concierto a un volumen “moderado” y solo tocar “al 10” la segunda. Con todo ello, la primera mitad del bolo, que debería haber sido demoledora, se quedó en disfrutable. Sólo a partir de “Wildlife” aquello tomó cariz de cosa muy seria y se vivieron grandes momentos.

 

La idea tras Converge era intentar hacerse un hueco en la Green Room, donde ya estaba tocando Ex-Eye, pero como era de prever, Stetson, Fox y compañía tenían la sala llena hasta la bandera. Momento de recuperar energías antes de presenciar a Cult of Luna & Julie Christmas interpretando Mariner (Indie Recordings, 2016). Un lujo absoluto para los sentidos vivir en directo en la 013 temazos como “A Greater Call”, “Chevron” o “The Wreck of S.S. Needle”.

Tras los suecos con la neoyorquina había tiempo para dar un paseo y comprobar cuánto se tarda desde el epicentro del festival hasta las dos salas que debutaban este año. La más alejada, Hall of Fame, es un pequeño cubículo dentro de una nave situada a unos ocho minutos del 013. Apetecía ver a Horte, una joven banda finlandesa de shoegaze/dream pop, pero el calor allí dentro era realmente agobiante e hizo desistir. La otra, Koepelhal, es una enorme nave de ladrillo y techo abovedado, dividida entre una gran zona para los conciertos (que no se iniciaban allí hasta el día siguiente) y el área de merchandising y exposición de carteles. Con el precioso póster del festival en mano, rumbo de nuevo a Weirdo Canyon para afrontar la parte final del día.

Weedeater, un trío americano de sludge/stoner algo gamberro pero ejecutado con mucho oficio. La música que me imagino sonando en el taller mecánico de Giro al infierno (Oliver Stone, 1997) mientras el genial personaje encarnado por Billy Bob Thornton vacila a sus clientes. Durante un rato -bastante divertido- y a un volumen atronador les vimos repasar los primeros temas de su Good Luck And Good Speed (Southern Lord, 2007). Pero también había que ver, sí o sí, a una de las bandas de San Diego, Harsh Toke. Ya estuvieron en la edición anterior, haciendo nada menos que un set de versiones del gran Roky Erickson, pero por los malditos solapes no pudo ser. Era pues una cuenta pendiente y resultó ser un acierto total. La media hora larga que les pudimos ver fue una jam de un nivel altísimo, un bolazo tremendo para acabar el día con sonrisa de oreja a oreja.

 

 

 


 DIA 2: VIERNES


 

Con las seis salas funcionando simultáneamente y un cartel de aúpa hubo que tomar decisiones dolorosas. El objetivo prioritario era ver a Panopticon en lo que fue una iglesia y ahora es Het Patronaat, un lugar precioso pero donde conviene tomar una posición cercana al escenario, tanto por visibilidad como por acústica. Además se intuía llenazo. Así que no quedaba más remedio que hacerse fuerte en la sala desde primera hora. El primer sacrificio, perderse a los noruegos Motorpsycho, que hacían un set de dos horas. El segundo, los canadienses Comet Control y su psicodelia espacial. Pero la alternativa tampoco era nada mala…

Jonathan Hultén, guitarrista de los metaleros Tribulation y autor de un espléndido EP en solitario de título The Dark Night Of The Soul (Reflections, 2017), que se abre con un tema de rock acústico para a continuación discurrir por un folk con matices góticos que seguramente guste  a los fans de Nick Drake.  El sueco, que apareció en escena con vestido, peineta y maquillaje de lo más llamativo, dio un concierto breve y -tan sólo- correcto. Tiene voz y talento para mucho más.

 

Acto seguido Panopticon que, para quienes no lo conozcan, es el alias de Austin Lunn, multi-instrumentista y geniecillo que lleva grabando álbumes él solito (lo toca todo) desde hace 10 años. Los últimos, Kentucky (2012), Roads The North (2014) y –mención especial- Autumn Eternal (2016), de un nivel altísimo. En ellos encontramos desde bluegrass  hasta black metal (mucho), pasando por partes instrumentales que podrían llevar la firma del mismísimo Angelo Badalamenti. Todo ello aderezado con muchas dosis de post-rock. La duda estaba en cómo iba a salir del doble envite (actuaciones viernes y sábado), pues Panopticon hasta el año pasado ha sido un proyecto estrictamente de estudio. El sr. Lunn, muy aficionado a perderse por la naturaleza salvaje de sus tierras y bastante dedicado a la cervecería que regenta, no hacía actuaciones en directo. Hasta 2017, para lo que por supuesto tuvo que hacerse con una banda. Puestos ya en situación, cinco de la tarde en Het Patronaat y por delante un set de 100 minutos para presentar su recientísimo The Scars Of Man On The Once Nameless Wilderness (Nordvis/Bildrune, 2018), dos horas de música divididas en dos álbumes, el primero black metal de influencias nórdicas y post rock con temazos marca de la casa como “En Hvit Ravns Død”, y el segundo una maravilla que por simplificar vamos a etiquetar como americana. El concierto arranca con Austin solo al banjo, después coge la acústica, se le van uniendo poco a poco miembros de la banda, tras la preciosa “At The Foot Of The Mountain” cambia a la eléctrica, piel de gallina en “Not Much Will Change When I’m Gone” y “A Cross Abandoned”. Tras la bella “The Moss Beneath The Snow” llega el momento de la caña con cuatro cortes de la parte black metal y dos antiguas (“Oaks Ablaze” y “Watching You”) como regalo. Conciertazo para el recuerdo.

 

Tras lo de Panopticon el cuerpo pedía retirarse a casa y paladear lo vivido el resto del día. La cosa se quedó en 10 minutos tomando el “fresco” pues venía otro bolo al que se le tenía muchas ganas. Thom Wasluck aka Planning For Burial. El juanpalomo de Matawan, con su caja de ritmos, algún que otro sample y creando capas y más capas a base de loops dio una clase magistral de shoegaze, post-todo, ambient o lo que ustedes quieran. Abrió con “(something)” y, aunque rescató algún tema de sus álbumes anteriores (para centrarse en ellos tenía otro bolo el día siguiente), dedicó gran parte de su hora de actuación a su último largo, Below The House (The Flenser, 2017). Con “Warmth Of You” se acabó de ganar a los pocos escépticos que había en una Het Patronaat abarrotada y, el cierre de concierto, con el que quizás sea el mejor tema del disco, “Dull Knife Pt.II”, fue la guinda perfecta al segundo bolazo del día.

 

Había mucho interés en ver a los polacos Furia, pero solapaban por delante con Planning For Burial y por detrás con Converge. Además tocaban en un escenario aún por explorar, el Koepelhal. Converge por su parte tocaban en el 013 y por si fuera poco haciendo íntegro otro de sus álbumes de culto, You Fail Me (Deathwish, 2004). Caballo ganador.

Con la voz de Bannon sonando mucho más nítida que el día anterior, los de Boston hicieron una vez más honor a su estatus y desgranaron trallazo tras trallazo hardcore con la precisión de un reloj suizo. La misma historia del volumen algo capado la primera mitad de concierto evitó que esa parte la disfrutara del todo. Pero a diferencia de The Dusk In Us, la segunda parte de You Fail Me, si no superior a la primera, mínimo está a la par. Así que tras la calma de “In Her Shadow”, lo que vino a continuación puso los cimientos de la sala a prueba, con “Death King” quizás como momento estelar.

 

Ya es noche cerrada en Tilburg cuando llega el momento de Godflesh interpretando Selfless (Earache, 1994). Esto ocurre gracias a Jacob Bannon, encargado de programar la sala grande el viernes y la Het Patronaat el sábado. La mezcla de industrial, electrónica, riffs pegadizos y metal de este álbum de los británicos es uno de sus discos de cabecera. La presentación en vivo recreó a la perfección la atmósfera gélida, profunda y desoladora del estudio. Momentos de headbanging (“Anything is Mine”, “Crush My Soul”, “Body Dome Light”) combinados con otros más introspectivos (“Black Boned Angel”, “Emptyreal”) y que evocan más a Jesu, una de las muchas bandas de Justin Broadrick. Él a la derecha a la guitarra y voz y G.C Green a la izquierda al bajo, con la batería -como siempre- pregrabada. Como clavos hasta el final.

 

Irra Villares, enviado especial a Sangre de Muérdago, informaba que sus paisanos galegos con sus zanfoñas y su folk de fraga enmeigada se habían ganado por completo a una Het Patronaat donde no cabía un alfiler. Tocaba pues improvisar y fue el momento de visitar por fin el Koepelhal, donde fuimos testigos de la bizarrada que es Igorrr, un proyecto que tiene cosas interesantes y otras que no lo son tanto (…). La duda estaba en cómo acabar el día, si con los británicos Gallops y sus hipnóticos sintes o la propuesta de blues acelerado y psicodélico de otra de las bandas de San Diego, Joy. Tras lo de Harsh Toke el día anterior, nos decantamos por Joy y resultó ser un gran acierto. Toneladas de fuzz y wah wahs, un heavy psych a velocidad de vértigo que puso la Green Room patas arriba. Enormes.

 

 

 


DIA 3: SABADO


 

Dos de la tarde en un Koepelhal lleno (1200 personas) para ver a Bell Witch tocando Mirror Reaper (Profound Lore, 2017). Había sido testigo de su muy buen hacer en directo pocas semanas atrás en Madrid en su gira de presentación del álbum, en un formato recortado de 50 minutos, dejando fuera las partes más tranquilas y las cantadas por Erik Moggridge. Para el Roadburn, la ocasión era especial y contaban con la presencia del Aerial Ruin para poner voz a toda la parte final y, ahora sí, hacer los 83 minutos del disco en su integridad. Con el apoyo de unas proyecciones escalofriantes, Desmond, Shreibman y Moggridge dieron el concierto más emotivo de todo el festival.

 

En el 013 es la hora de Hugsjá, la particular visión de Ivar Bjørnson (Enslaved) y Einar Selvik (Wardruna) de la evolución de la música noruega a través de los siglos. Desde sonidos tribales hasta folk más contemporáneo en una puesta en escena con todo lujo de detalles y bastante bien recibida por el respetable.

Llega la prueba de fuego para Panopticon, ahora sí con la sala grande a su disposición. Tras lo de la tarde anterior las expectativas eran muy altas y por tanto la decepción resultó ser más acusada. En su descargo diremos que la retirada del ingente atrezzo de Hugsjá tomó bastante más tiempo del que suele ser habitual, por lo que la prueba final de sonido la hicieron a la carrera. Ahí ya se intuyó que la cosa no pintaba bien y la inicial “En Hvit Ravns Død” lo confirmó. En el himno que la siguió, “Into The North Woods”, la guitarra de Austin Lunn apenas se distinguía. Muy deslavazado todo. Una pena porque el setlist no era nada malo, repartido entre sus cuatro últimos álbumes. Con paciencia y la esperanza de que la cosa mejorara llegó la final “A Superior Lament”, un temazo que a la vez vale como titular de la crónica del concierto. Las cosas no siempre salen como uno quiere. La conclusión tras viernes (donde Austin Lunn llevó gran parte del peso del concierto) y sábado, o cal y arena, es que como banda de directo están aún tiernos y les queda trabajo por hacer para estar a la altura de lo que es Panopticon en estudio.

 

Tras el bajón, doble diría, que asistir a este bolo había supuesto dejar de ver a los italianos Forgotten Tomb, era necesario reconciliarse con el mundo. Planning For Burial acababa de empezar hacía escasos minutos, en el Cul de Sac, su segundo bolo del fin de semana. Los hados fueron favorables y se pudo sortear sin problemas el tapón que se suele formar en este garito para acceder a pista. Sonó “Desideratum”. Ya todo estaba bien. Insistió en el álbum de mismo nombre –que era el que menos gracia me hacía de él- y me demostró que quien se equivocaba, una vez más, era yo. Mientras con la púa en una mano se atornillaba el enganche –que se había soltado- de la cinta de su guitarra, con los pies descalzos iba grabando los loops de la final y enorme “Golden”. Muy crack Thom Wasluck, uno de los pequeños grandes triunfadores del festival. Llevaba una camiseta de Boris & Soma, nuestra próxima parada.

 

Los japos locos de Boris haciendo su debut Absolutego (Fangs Anal Satan, 1996), uno de esos discos que, aunque no te guste, conviene tener en casa para cuando los vecinos te buscan las cosquillas. ¿Tu vida es miserable desde que el piso de al lado es de alquiler vacacional por días? La solución; un subwoofer de 1000 watios y Absolutego. Sí, cuando se den cuenta que no se trata de una tuneladora abriendo en canal el edificio, llamarán a la policía. No pasa nada, tampoco tú les oirás timbrar. Por si fuera poco, para la ocasión se les une como invitado especial Stephen O’Malley, de profesión Maestro Drone y que con sus Sunn O))) ya había participado con Boris en Altar (Southern Lord, 2006).  La primera media hora de concierto fue de desarrollo lento, con escenificación teatral incluida para hacerlo más llevadero, preparando poco a poco al personal para lo que vendría a continuación, que no fue otra cosa que un crescendo drone megalítico. Cuando llegó el momento en que era imposible subir más, alzaron sus guitarras y mantuvieron esa orgía sonora de retroalimentación durante un largo rato de catarsis colectiva a través del ruido.

 

La primera vez que vi a Godspeed You! Black Emperor fue en su regreso de 2010, un festival ATP en el que además de ejercer de curators tocaron los tres días. Uno de esos casos en que los recuerdos son tan gratos que tienes miedo a que te los estropeen. No fue así. Que GY!BE es una de las bandas trascendentales de los últimos 20 años debería estar fuera de toda duda. Si a eso le sumamos el sonido de la 013, habemus bolaco. La sobria puesta en escena habitual -individuos en segundo plano para que la música y las proyecciones sean las únicas protagonistas-, tan sólo alterada por la irrupción de la danesa Mette Rasmussen para poner su saxo a dos temas de Luciferian Towers (Constellation, 2017), álbum que repasaron a fondo. Como también hicieron con el EP Slow Riot for New Zerø Kanada, que tocaron íntegramente. Sus dos largas piezas junto con la excelente “Bosses Hang” fueron lo mejor de un concierto antológico donde el colectivo de Montreal puso de manifiesto su posición de tótems dentro del universo post-rock.

 

Sin tiempo que perder rápida incursión en la Green Room para ver los últimos minutos de Sacri Monti, otra de las bandas de San Diego. Apenas fueron quince minutos, pero suficientes para confirmar las buenísimas impresiones transmitidas por su único largo hasta la fecha, Sacri Monti (Tee Pee Records, 2015). Después, a costa de sacrificar una jam session que estaba marcada en rojo (Earthless & Kikagaku Moyo) para reponer energías, había ganas de marcha y los elegidos fueron Hair Of The Dog. Los escoceses decidieron poner el Cul de Sac patas arriba arrancando el bolo con la zeppeliana “Inmigrant Song”. Las cervezas empezaron a volar y aquello fue una fiesta tremenda a ritmo de rock setentero. La guinda perfecta a un gran día.

 

 

 


DIA 4: DOMINGO


 

Aunque problemas de logística me impidieron acudir al primer concierto previsto esta jornada (el post-rock avant-garde de Wrekmeister Harmonies), cuarto de hora antes del inicio de Bell Witch estaba en la puerta de la Het Patronaat. Eso sí, para hacer cola. Increíble el tirón de los canadienses. Ni el hecho de que fuera domingo -día en el que hay bastantes menos asistentes-, ni la temprana hora a la que estaban programados, impidió que llenaran. Cuando finalmente pude acceder a la sala de las vidrieras, ya llevaban casi la mitad de un concierto en  el que, de nuevo con la participación del vocalista Erik Moggridge, repasaban colaboraciones pasadas de este último con el dúo.

 

Llega el momento de otro concierto bastante esperado, el de Hell, banda/alías del enigmático y apocalíptico multi-instrumentista  M.S.W., originario de una ciudad ya de por sí con áurea de maldita –Salem-. Viene a presentar su último trabajo, de título Hell (Sentient Ruin, 2017) y que es uno de los mejores discos de metal del año pasado. Una atmósfera angustiosa, asfixiante, voces demoníacas, gritos sobrenaturales y unas canciones que se desarrollan en estructuras no demasiado convencionales convierten este artefacto en la banda sonora del mismísimo purgatorio. En Tilburg, la banda abrió con el tema que cierra el álbum, la bellísima “Seelenlos”, que sin la voz femenina fue una especie de intro antes de que MSW y compañía se metieran en harina. Con un sonido doom más tradicional, sin llegar a plasmar del todo el desasosiego que al menos a mí  me transmite el disco, Hell dieron un muy buen concierto.

 

En la Green Room es el turno de Alda, uno de los muchos grupos que cada año descubro gracias al festival. Alda son del estado de Washington y hacen algo que llaman Cascadian black metal, un movimiento con una temática profundamente inspirada en la naturaleza. En sus temas, estos chicos con camisas de cuadros, combinan pasajes acústicos de voces limpias con partes de black metal atmosférico en unas melodías muy por encima de la media. Tienen tres álbumes, dos de los cuales –Tahoma (2011) y Passage (2015)- he escuchado muchísimo estos últimos meses. Antes de empezar hicieron una especie de corro, como conjurándose ante una oportunidad de esas que no se pueden dejar escapar. No lo hicieron. “The Clearcut”, “Tearing Of The Weave”, “Adrift”, “The Crooked Trail”, “In The Wake Of An Iron Wind”… gran concierto de un grupo a seguir.

 

Segunda velada con Godspeed You! Black Emperor. Hora de disfrutar de nuevo de unas proyecciones analógicas alucinantes y un sonido de auditorio. El repertorio no fue del todo distinto al de la jornada anterior, ya que repitieron las dos piezas de Luciferian Towers donde participa la saxofonista danesa. Quizás el único pero que se le pueda poner a los Menuck, Pezzente, Moya y compañía, básicamente porque tienen temas bastante mejores. Un pero muy pequeño en todo caso, ya que no se olvidaron de álbumes clásicos como F#A#∞ (1997) o Lift Yr. Skinny Fists Like Antennas to Heaven! (2000) y,  en momentos como “The Sad Mafioso”  o “Monheim”, los canadienses nos hicieron tocar el cielo.

GosT es el elegido para poner broche final al festival. Dentro de la onda synthwave/horror synth, toma el testigo de Perturbator y Carpenter Brut, representantes del género en la edición anterior. Ataviados como dos espectros de Tolkien, comparecen en escena GosT y su maestro de armas, cuya única misión durante todo el bolo consiste en sostener una calavera entre las manos, hacer de pedestal humano de guitarra y -no menos importante- permanecer inmóvil. El único en toda la sala, porque el americano alternando guitarra-synth con teclados (o las dos cosas a la vez) y con un directo bastante contundente, convirtió la repleta Green Room en una pista de baile con pogos incluidos. Sorpresa muy grata.

 

Reunión final con el resto de la comitiva desplazada este año a Tilburg durante los últimos momentos de los chinos Zuriaake, encargados de cerrar la programación de la 013, antes de tomar una cerveza de despedida en el Cul de Sac con Bison sonando de fondo. Cuatro días espectaculares en un festival que se hace querer y todo ello en una compañía inmejorable. La tristeza del adiós paliada por el anuncio de las fechas de la próxima edición. Allí estaremos si nada lo impide.

 

 

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