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La música tiene esa curiosa habilidad de ser apátrida, aunque nazca de una cultura, de un símbolo, de una protesta, de una emoción. Es apátrida porque traspasa fronteras y se puede instalar en aquellos lugares físicos o emocionales que cada persona ofrezca para albergar.

No es jerárquica, en tanto que existe como una expresión espontánea o estudiada pero no subyugada a las decisiones de una élite líder que sentencie su forma (y en caso de que así sea, ya no sería la música de la que hablamos…).

Es empática y fraternal. Nos habla a todas por igual y en el momento en que la escuchamos, conectamos con un yo universal y colectivo que nos distancia de este individualismo social tan salvaje en el que estamos inmersas. Nos fraterniza, porque compartimos emociones gracias a ella y nos salva de tantos momentos de soledad y abismo.

La música no es una mujer, ni es un hombre. No es nada ajeno a lo que simplemente es: música. Pero lo que no nos cabe duda es que, de una manera inherente y por todo lo mencionado, es feminista. Debe serlo. Pese a las omisiones, a la manipulación machista que se ha hecho respecto a géneros musicales y clichés, pese a la falta de oportunidades. Esencialmente, la música es libre porque en su concepción rehuye del clasismo y nos mueve a todas alrededor de la misma esfera respetando nuestras diferencias pero situándonos en igualdad.

La música nos permite vivir mejor, respetarnos y disfrutar más de las cosas. El feminismo nos permite vivir mejor, respetarnos y disfrutar más de las cosas. Curiosa parábola.

¡Sigamos haciendo música y compartiendo referentes, compañeras!

Hoy los chicos del equipo, los Notodoesindie Dj’s en el Novo Café Lisboa y tras el concierto de Midnight Walkers nos han prometido mucha de esa música de la que yo hablo.

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