Por Migue Gener (El Cairo)
Nuestra conexión menorquina nos trae esta crónica del conciertazo que los irlandeses dieron.
La espera se hizo interminable, la verdad. No lo vamos a negar.
El dúo formado por los irlandeses Chalk cumplieron con nota, pero el cuerpo pedía la gran cita con Fontaines D.C. en el Palau Sant Jordi Club, con la incógnita de cómo encajarían sus nuevos pasajes de sintetizadores en directo. Mientras el público aguantaba, los backliners se pegaron un curro quirúrgico de más de 20 minutos con una mesa de mezclas diminuta pero repleta de aparataje, mientras de fondo sonaba Vic Chesnutt, la gran referencia oculta del indie.
Y entonces, se hizo la magia arrancando con «Tongue». Con ecos de su paso por Jools Holland, el tema abrió fuego con sintes flotando y un sampler de la voz de Connor Curley a toda velocidad poniendo al personal en modo warm-up.
Sin embargo, el clímax absoluto llegó en la cuarta canción con «Boys in the Better Land». Con su riff punkie y machacón, la pista se convirtió en una olla a presión de saltos y energía desbordante.
Tras la tormenta, tocó transicionar hacia territorios atmosféricos con «Marianne», impulsada por los sintes de Tom Dowd. El escenario se bañó en el icónico tono rosáceo, sincronizado milimétricamente con la batería, mientras Grian Chatten aprovechaba el mini pasillo central para lucirse en este formato de sala cercana.
El viaje continuó con la elegancia de «In the Modern World» —y el guiño a nuestro compatriota Carlos O’Connell, madrileño de madre irlandesa criado en una academia musical en Irlanda—, la sensibilidad romántica de «Happy For You» y momentos muy especiales como «Favourite», donde mi hija, de otra generación completamente distinta, se giró para decirme que le encantaba. Tras cortes como «I Love You», llegó el parón antes de los bises.
Los bises: Tralla, melancolía y la espinita de Rosalía
El encore arrancó con «Six Shot Morning», abriendo con un sintetizador pesado y el registro grave de Grian Chatten en el fraseo. Tras la melancolía de «Japan», la sala volvió a venirse abajo con la brutalidad de «Starburster».
Faltaba el gran elefante en la habitación: la colaboración con Rosalía. Todos esperábamos verla aparecer en su tierra, pero por cuestiones de agenda no pudo ser. Aunque a uno le supo mal —especialmente por ir con mi hija—, se comprende perfectamente.
Para cerrar, Grian interpretó el tema sentado al borde del escenario: sin la voz de Rosalía, sonó frágil, como una auténtica nana (lullaby) para despedir una noche pletórica.
En definitiva: una comunión perfecta entre la crudeza del post-punk y la madurez electrónica. Los irlandeses siguen manteniendo el trono sin despeinarse.