Cultura musical para indios y salmones

LOS VALIENTES

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El otro día andaba por la feria del disco entre una fauna bastante representativa de lo que algunos políticos de pelo largo podrían denominar casta cultureta, melómanos de pro, acompañantes, mirones y curiosos. Todos con el objeto común de husmear entre vinilos más o menos viejos, ediciones especiales, etc. Confieso que en situaciones así me siento arropado y hasta pienso que no está todo perdido; pues claro que hay gente que consume música y cultura en definitiva. Y es que en los tiempos que corren quienes la consumimos podemos llegar a pasar al estatus de rara avis.

Es cierto que muchas veces los gobiernos no hacen lo que deben para respaldar la cultura de este país. Ya sabemos lo del 21% del IVA y tal… Sí. Desde luego todo suma. En este caso todo resta. Pero me pregunto si nuestra sociedad valora realmente nuestra cultura, es decir, a nuestros músicos, nuestros escritores, nuestros cineastas y artistas. O si simplemente, en su amplia mayoría, creen que estas personas son ésas que en algún momento fueron o serán contenido de estudio en los libros, sin más. Desgraciadamente todavía no existe una educación de la sensibilidad, y todo queda a merced de esos padres que, con un poco de suerte, nos animarán a encontrar significado en canciones, poemas, películas. Y es entonces cuando me siento afortunado de haber podido contar con los míos. Sin duda hay capacidades innatas en el ser humano, que están ahí…, pero que deben estimularse para que el sujeto en cuestión sea capaz de apreciar esa belleza que le haga reír, llorar, emocionarse.

Si tiramos de etimología, crear es producir de la nada. Y la nada es infinita. Algo conceptualmente complicado siquiera de imaginar. Pero creo que más o menos nos hacemos a una idea de la inmensidad que supone. Pues bien, pongamos por ello en valor lo que supone enfrentarse al folio en blanco, al pentagrama vacío o a la madera primigenia por esculpir. Todo aquel valiente que acometa una acción creadora, por pequeña que pueda parecer, se verá recompensado con una maravillosa sensación de satisfacción personal difícilmente comparable.

A estas alturas me permito una sugerencia: cultivemos ese universo platónico de las ideas y aprendamos a dejarnos llevar más; dejarnos de ‘postureos’ varios, de actitudes rígidas tanto de pensamiento como de palabra, y pasemos a liberar nuestra mente con ejercicios fantásticos de imaginación y deseo. El resto saldrá…

Es cierto que la capacidad creativa en muchos casos es un don. Pero sin duda, paralelamente, requiere desarrollar una faceta contemplativa importante para poder captar y percibir el mundo en general con nuestra particular visión; para poder inspirarse finalmente. Y es ahí donde muchas veces la urgencia de los resultados nos desvía del propósito original. La paciencia, la clarividencia y la correcta elección del momento suelen ser factores clave para encontrar una salida a nuestro influjo creador. Es muy necesario invertir tiempo en nosotros mismos como creadores, en nutrirnos de todas esas pequeñas cosas que suelen pasar desapercibidas, y percibirlas y observarlas con prismas diferentes. Nadie dijo que sería sencillo, y merece un esfuerzo. Alimentar constantemente el alma para encontrar inspiración.

‘Lo esencial es invisible a los ojos’ (El Principito, Antoine de Saint-Exupéry)

Personalmente respeto muchísimo a todos esos valientes que deciden dar rienda suelta a su expresividad, sea del modo que sea, liberándose de pudores y miedos; compartiendo su inventiva e imaginación con el resto del mundo. No olvidemos que este es un acto, sobre todo generoso, de nudismo emocional.

Hace unos meses, 15.151 personas coreaban en el Barclaycard Center, el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid de toda la vida, canciones del que creo que es objetivamente uno de los grupos más importantes de los últimos tiempos en el panorama nacional: Vetusta Morla. Más allá de la épica del hecho de que una banda originariamente  indie llene un recinto de estas dimensiones varias veces seguidas, me alegra mucho ver que sus letras lleguen a tanta gente. Y no son sus letras precisamente fáciles de recordar, por su elevado tono literario, destacado por poetas actuales como Benjamín Prado por ejemplo. Son textos encriptados sin una dirección ni sentido nítidos. Son pequeñas-grandes piezas personales surgidas de emocionantes momentos de inspiración.

Y ahí estaban todas esas personas cantando al unísono, quizás sin saber bien qué; todas ellas exaltadas, alimentándose de emoción.

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